Alexandra David Neel- Capitulo I-(Laure Dominique Agniel)


LOUISE DAVID
1868-1892
París, 1873


Arces blancos, cedros azules, castaños. El bosque de Vincennes. Una niña pequeña da saltitos de un árbol a otro. ¿Qué
hay detrás de este? ¿Y de ese otro? Qué bonitos son. La chiquilla gira alrededor de los abedules y los arces, se esconde,
echa a correr entre risas. «¡Louise! ¡Vuelve aquí! ¡Louise,
para de una vez!» La institutriz intenta alcanzar a la pequeña, pero el largo ropaje la entorpece y acaba por tropezar en
una raíz. La niña ha desaparecido. Tiene cinco años y corre
que se las pela, embriagada por la experiencia de la libertad.
El cabello, lindamente trenzado alrededor de la cabeza, se
le deshace poco a poco, el vestido se desgarra en los matorrales, pero ella corre sin detenerse. En el fondo, qué fácil
es ser libre.

Ochenta años más tarde, en 1954, Alexandra David-Neel
relatará este episodio a un periodista que ha acudido a entrevistarla: «¡Me escapé! También me escapaba en Turena cuando iba a casa de mi abuela y, más adelante, cuando mis padres
pasaban las vacaciones en Ostende…». La anciana insiste mucho en esa expresión, «¡Me escapé!», que repite varias veces
con vehemencia: «¡Siempre me escapaba!». ¿Cómo no ver en ese grito la urgencia de escapar, pero también de salvar la piel:
defenderse, curarse, liberarse, soltarse?
Los adultos dicen en ocasiones a los niños: «¡No vayas allí,
hay un animal enorme!». Algunos niños, atemorizados, se cuidan mucho de acercarse al lugar prohibido. No obstante, siempre hay pequeños intrépidos que se apresuran a responder:
«¿Hay un animal enorme? ¡Quiero verlo!». Sin duda, la pequeña Louise David formaba parte de estos últimos.

«Las piernas apenas me sostenían cuando empezaron mis escapadas. El decorado que las rodea me aparece en lo más recóndito
de la memoria, como la verja de una puerta de jardín por delante de
la cual pasaba una carretera. Franquear esa verja e intentar unos
pasos por la carretera, a eso se limitaba el viaje, pero debía de
obtener gran placer con ello, porque me contaron que lo repetía
sin cesar pese a las reprimendas que me soltaban. El jardín era
extenso; allí habría podido desarrollar ampliamente la actividad
propia de mi personita, pero el más allá ya me fascinaba.»

[…]

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